Lo prometido es deuda. A modo de introducción a lo que Fernando Gallardo nos contará el próximo 10 de noviembre en el seminario “Nuevas profesiones en la industria turística del siglo XXI” de Bilbao, publicamos esta entrevista en la que el periodista y analista de tendencias hoteleras reflexiona sobre los retos que empresas y profesionales del sector turístico y hotelero deben enfrentar desde ya para poder adaptarse a la realidad futura.

HotelManager: Parece que el sector hotelero español recupera confianza tras los buenos resultados de la última temporada alta. Teniendo en cuenta que hay que contabilizar el turismo de prestado, ¿estamos ante una recuperación efectiva o seguimos como estábamos?

Fernando Gallardo: Por un lado debemos reconocer que España encabeza realmente el turismo en el mundo. Desde una perspectiva global, si tomamos en consideración las infraestructuras del país, la cultura de la hospitalidad que es casi genética en los españoles, el enorme desarrollo de la industria turística, la atención al producto, la densidad de oferta y el nivel tecnológico incorporado a sus empresas en los últimos años, no resultaría descaminado pensar que España no tiene hoy competencia en el mundo. Siempre he sostenido que la planta hotelera española es la mejor del mundo. Es la más equilibrada, desde luego. Muchos otros países ofrecen alojamientos de mucho más lujo que España, pero junto a ellos también existen otros muchos hoteles renqueantes, faltos de aseo y con una obsolescencia que no se ve en España ni siquiera en los destinos obsolescentes.

Dicho esto, conviene hacer dos precisiones. La primera es que la cantidad de turismo prestado es menor de lo que se cree y afirman algunos consultores turísticos. No se corresponde el aumento del turismo en España con la deserción de los mercados occidentales hacia los países en conflicto del Mediterráneo.  No ha habido un desvío de los flujos turísticos de tal magnitud, de casi 20 millones de personas.

Los factores más determinantes para el incremento turístico han sido la explosión de viajeros en el mundo, casi 200 millones nuevos en la última década, y la contención de los precios en las infraestructuras turísticas españolas que ha permitido destrozar la competencia. Al low cost actual, España se ha quedado sin competidores de relieve en el mundo. Aquellos países que empezaban a hacer sombra en desarrollo turístico se han visto de repente superados por un esquema de alta calidad a bajos precios imbatibles para ellos. El bajo precio ofertado por los países mediterráneos emergentes en turismo se debe a su situación de infradesarrollo, o de infraestructuras en vías de desarrollo, seguridad incluida. Mientras que el bajo precio ofertado por España se debe a una optimización tecnológica y cultural del bajo coste.

Para mí, existen dos modelos nítidos y opuestos de la industria turística en el mundo. Uno es el estadounidense, despreocupado de producir a bajo precio, pero muy afianzado en producir a altos ingresos, es decir, más orientado hacia el ‘revenue‘ que hacia el ‘management‘. Dominan los canales de distribución, pero no las centrales de compra, ni siquiera la tecnología de gestión hotelera. Y otro es el español, que es justo el contrario. Las empresas españolas son un modelo internacional de gestión (véase, si no, el caso Inditex, aunque no sea turístico), mientras que no ejerce ningún poder en la comercialización del producto turístico.

España, por tanto, es competitiva por su bajo precio en turismo. Ante esta realidad, nos debemos preguntar si existe margen para seguir optimizando costes o si debemos emprender una vía distinta tendente al dominio de la distribución. Y, por tanto, el control de los precios.

A mi juicio, ni se trata de lo uno, ni de lo otro. Como en la naturaleza y el universo, el ser humano no ha logrado sobrevivir en este planeta por su inteligencia sino por su adaptación al medio. España, consecuentemente, no debe perseguir la calidad en turismo, que esa idea es cosa de países en vías de desarrollo, sino de tener capacidad para adaptarse rápidamente a los enormes cambios que se están produciendo en un mundo en constantes cambios.

España debe adaptar su industria turística a los nuevos protagonistas de una transición apasionante, inquietante e impredecible, la de esa sociedad analógica que hemos sido siempre a una sociedad digital que estamos empezando a construir.

Y la manera de abordar esta capacidad adaptativa no es la inversión, ni la mejora estructural, ni siquiera la formación profesional. Es la innovación creativa y el aprendizaje inteligente, la disrupción en los viejos métodos, las viejas infraestructuras, la vieja idea de hotelería.

España necesita a las nuevas generaciones más abiertas a los cambios, más viajadas, más aprendidas, más críticas y más emprendedoras.

Lo que yo siempre me he propuesto en los seminarios que imparto por toda la geografía española no es enseñar a los profesionales del turismo los trucos de la profesión turística, porque eso sería una señal inaceptable de arrogancia culterana, sino el abrir espacios a la reflexión sobre lo que está por venir y de qué diferentes modos se pueden abordar los cambios. En suma, hacer caso omiso al presente, que ya no tiene arreglo, y pensar en cómo podemos construir el futuro, que es lo único que está en nuestras manos hoy.

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